El encuentro con mi linaje materno

Como las alitas de una mariposa, que se traslucen al sol, así me siento. Con esa movilidad chiquita que es tan poderosa. Recuerdo maravillarme de pequeña descubriendo los polvos de hadas que tienen esas alas, y que una vez las tocas, ellas dejan de poder volar. ¿Lo sabías? Es la suavidad frágil caduca. La vida misma diciendo que todo se acaba.

Emprendí un viaje al pueblo de mis abuelas en Badajoz, a principios de Marzo. Acabando es que vi, al sol, a esa mariposa. Volaba jugando entre los brazos de mi hijo, que intentaba que se posara en sus palmas, sin éxito. Fue un espectáculo hermoso, plácido y tan humilde, que acabé llorando emocionada, sabiendo que una parte de un viaje había terminado allí, con ese broche de oro, suave y perfecto.

Quiero hablarte de ese viaje que empezó muchos años atrás, quizás antes de lo que recuerdo… Tal vez desde que nací.


En 2014 emprendí un camino mucho más consciente y pautado de investigación y reconocimiento de mi linaje materno. Estaba comenzado mi formación de Doula (acompañante en la maternidad) y allí trabajamos la importancia de la vida intrauterina. Por mi cuenta, había hecho cosas antes, pero leves y esporádicas, sin un hilo común. Cuando digo que fue más consciente, quiero decir que verdaderamente, me abrí a lo que mi clan tenía que decirme, y empecé a bucear en sus historias. Justo ahí, en esa vorágine de emociones, transformación y procesos de otrxs que iban llegando, mi hijo Ryo decidió venir a mi vientre.

Ahora siendo madre necesitaba saber qué árbol había sosteniendo mis raíces. Cuál era el origen de mi madre, de su madre, de su abuela…  Quién al fin y al cabo era yo ahí.

¿Cómo empecé?

La historia de las mujeres de mi clan materno no es fácil. Bueno, en realidad, de mi linaje en general porque por parte de mi padre aún hay menos. No tengo mucho información, a lo largo de los años no he podido recibir muchos datos, pero supongo que tuvo y tiene que ser así, porque gracias a eso también he abierto otros caminos de diálogo y contacto con una parte de mí y de ellas.

Empecé conociendo mi nacimiento, paso fundamental para saber las primeras memorias uterinas que porto. Cómo fue, cómo vivía mi madre, cómo se sentía, qué hitos/momentos importante pasaron, cómo era la vida entonces. Eso me conectó profundamente con ella, mi madre, y todo el aprendizaje, nutrición y formación intrautero que me dio.

Las madres gestantes para sus bebes son todopoderosas (también para mí, sinceramente). Ellas son las Diosas creadoras. En base a ella (a lo que haga, viva, sienta…) se forma las emociones, impresiones, experiencia, etc de ejemplo y amplitud en el crecimiento de un ser formándose. Ellas son la guía, quieran o no quieran. Por eso es tan importante agrandar el mirar y conocer cómo vivió mamá la preconcepción (si la hubo), el embarazo y el parto. E incluso yendo mucho antes, su historia. Pues no solo cómo ella estaba antes de nacer yo, en su vientre, es importante; también lo es por supuesto, cómo llegó hasta ése momento, qué había vivido antes, qué contacto tenía consigo, su salud, su cuerpo y proceso vital, etc.
Claro, también de papá… Pero esa es otra historia que me guardo para otro momento, quizás para una publicación en La tribu Lunera.

Al conocer mi nacimiento, pude saber qué primera impronta había tenido al llegar a este mundo. Nací por cesárea, luego mi madre tuvo varias operaciones… Fue complicado. Gracias a eso pude trabajar en mi propio embarazo, en un parto respetado, gozoso y empoderante, que luego tuve, sanando en parte esa herida de mi infancia.

Todo lo que iba conociendo de mamá, abrió un camino nuevo en mí.  


Lo cierto es que empecé de verdad a mirar a mi madre como una mujer con su propia historial, cuerpo y proceso. Con su propio dolor.


Años antes, en mi formación de terapia menstrual especialmente, y luego en mi camino de ahondar en la sangre menstrual durante años, ceremoniándola y trabajando en el oráculo menstrual,  ya había trabajado con la historia de mi vida, desde el presente, pero nunca antes me había abierto tanto a verla no solo como mi madre, sino como una mujer independiente que no tuvo una infancia fácil. Eso fue reparador. Qué coño, ¡fue alucinante!

Al conocer su historia pude conocer también la historia de mi abuela. Micaela se llamaba, una mujer de casi 1`90, muy creyente, que calzaba un 43 y le encantaba “quitarse el mal sabor de boca” con algún chocolate, chuchería o cosa dulce, a pesar de su diabetes.


Una mujer creyente, aries, súper coqueta, que tuvo dos hijxs y una infancia muy jodida de abandono y servidumbre. Murió de cáncer en casa de mis padres, entre los suyxs, muy amada y rodeada de una familia que la puso al centro hasta el último momento, cuando yo tenía 12 años.

Con los años he sabido muchas cosas de cómo fue como madre. Y muy poquito de cómo fue como niña: que tuvo que emigrar a Madrid, desde un pueblo extremeño, para servir a señoritos, con 8 años. Que fue la mayor de muchxs hermanxs, y que acabó sirviendo al embajador de México en Madrid (curiosamente el “país de adopción y elección” y de amor inmenso, de mi hermana mediana).

Luego vino mi bisabuela Isabel, su madre. Saber de su historia y lo poco que mi madre sabía sobre ella. Y tirar más atrás, tratando de poner nombres, rostros, experiencias… El pasado de las mujeres de mi clan.


Fui poniéndolas en altares. Creando un espacio físico donde honrarlas. Donde verlas. Donde saber que podía meterlas adentro por elección y aceptar y elegir a todas esas mujeres, madres, niñas…


A penas si pude conocer. También me desesperaba. Me enfadaba con mi madre por no haber investigado o no saber, mandaba mensajes, escribía a ayuntamientos, buscaba la forma… Hasta que una noche, una figura extraña empezó a aparecer en mis sueños, tras una ceremonia de regresión muy especial que hice.

Empecé a soñar con esa figura, que cada vez era más nítida, más hermosa, más chiquita y anciana.
Ella me mostraba cosas en sueños. Eran caminos…


Era, realmente, una posibilidad nueva. ¿Por qué no usar la experiencia propia, mi cuerpo, como oráculo donde hablarles?

Así empecé a conectar con mi útero, sanarlo de forma consciente con el rito Munay ki. También con reiki, meditaciones, procesos herbales, movimiento… Empecé a verme como esa parte viva de un linaje que me hablaba más y más a cada paso que iba recordándome viva, templo, unidad. Y empecé a llamarlas.
Las convocaba, les pedía que me guiaran, me enseñaban cosas.
Sí, sé que igual pensarás que esto es demasiado espiritual para ti, que suena muy bonito pero muy irreal, demasiado intenso… Pero fue así. Abrirme a ellas desde el acogerme a mi e ir bien adentro, sin tanta mente, desde el cuerpo y el contacto con mi propia divinidad, me trajo mucho más de lo que buscaba en los datos o en caminos que el tiempo olvidó.
Pero yo no. Empezaba a recordarlas. Las sabía en mí. Las reconocía…

Había pasado de “vengo de un linaje que tengo que sanar”, a “soy el eslabón de un clan que me habla”.

Continué este trabajo integrando esto, pues ellas me dijeron que no tengo que sanar nada.
Que estoy entera, que soy completa y porto la gracia y la suavidad de todo mi linaje.
También sus cicatrices, la sombra de sus dolores, la fuerza de la tierra.
Pero que todo nos formó, sí, a mí también, pues sus historias son la memoria que porta mi cuerpo y esta experiencia de ser Rosa en esta preciosa Tierra. Pero ¿sabes qué? También yo soy creadora de memoria para mis hijxs, y lxs que vendrán. Ése es el juego. Y la magia… Vamos lento. Vamos lejos. Somos tejido.

Fui entregándome a lo que este proceso personal me traía, pariendo de por medio, no sólo a mi hijo, sino por sobre todo a mí misma. A cada paso.

Ahora, que estoy gestando de nuevo, tras siete años, sonrío escribiéndote esto, que podría ser súper extenso y que prefiero dejar aquí.  Quiero contarte una nueva historia pronto, mucho más presente y actualizada, tras este primer comienzo que como te digo fue hace tiempo. Te quiero hablar en presente pues aunque ya tengo seis meses de embarazo, sigo sintiendo muy fuerte el último tramo de este camino de reconexión con mi linaje. Algo que como te he dicho, quizás terminó a principio de este mes de Marzo que hoy se va. Con esa mariposa hermosa, y su polvo de hadas, que me emocionó, pues se posó en mi cabeza besándola, por mí y por todas nosotras, en el pueblo de mi abuela. Allá en el cerro, donde la virgen.

La historia que quiero contarte, empezó hace un año, y fue el último tramo (o eso creo… o siento) de este proceso con mi clan femenino: mi camino de preconcepción consciente.

Es decir, lo que hice cuando decidí ser madre de nuevo y prepararme para quizás engendrar lo que por entonces creía podría ser niña (una más en este clan) y ahora confirmo enamorada. Una historia de honrar a esas mujeres que caminaron antes de nosotras, ofrendar mi sangre menstrual y entonar la canción de mi útera.

Muy pronto, ten paciencia.
Ahora soy tierra honda, gestante, portadora de la fuerza de un clan que me sostiene, susurra y protege, como criatura viva de toda su sabiduría.

Con amor,
y gratitud porque estés aquí, con nosotras, abierta a recibir lo que quizás tu linaje también te diga.

Te acompaño en esta aventura si lo deseas. Pregúntame.
Rosa Bellido.





Publicado por LaTribuLunera

Proyecto de empoderamiento y sanación femenina

2 comentarios sobre “El encuentro con mi linaje materno

  1. No tengo palabras para expresar todo lo que me hace sentir leerte. Es una maravilla cómo lo marras, profundamente bello. Decirte que con gente como tú, el mundo es más bonito, interesante y sano. Gracias por todo, gracias por tanto.

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