Mi parto: el nacimiento de la que brilla

Pasaron las semanas entre flores, bosque, visitar al mar y andar en casa, aprendiendo a acompañar el ritmo que llegaba de un verano diferente… Aprendimos tanto y fuimos tanto, que cada día daré las gracias por tamaña aventura.

Aquí cuento un día que no es nada sin los que le antecedieron, pero que sin él, nada de lo que vivimos sería lo mismo. Por eso, también doy las gracias infinitamente.


Construimos un refugio para el alma durante días, esperando la llegada de nuestra hija amada. Fueron días, semanas de mimo, bajar el ritmo, aprender a escuchar el cuerpo de una forma nueva y también, a aprender a vivir un  ritmo de verano único, bien distintos a los otros y a lo que pedía las altas temperaturas.
Pero alzamos altares, reconstruimos nuestra presencia eligiendo encuerpar este proceso intenso desde la ternura y la amabilidad con los procesos (y el gran proceso) que se iba cerrando. Limpiamos el hogar, lo preparamos muy conscientemente para recibir a nuestra bebé, ultimando detalles, soltando capas y cosas, cocinando lento…
La quietud en muchos momentos fue la mejor aliada. La conversa, el abrir el corazón y acompañarnos los tres (papá, hermano, mamá)…

En la luna oscura del 28 de Julio

parece que los fantasmas, las sombras y los misterios de la noche me despertaron.
Era de madrugada, cando mi cuerpo se sobresaltó y ya no pude dormir más.
Me habitaron las sombras, enlazándose a mi carne pegajosa del calor. Llegaron extrañas imágenes. Sensaciones densas que no quise juzgar, simplemente dejé que pasaran mientras me ayudaba a respirar con la mano derecha en mi panza y la izquierda en mi corazón.
Hacía calor. Era de esas noches húmedas de verano en el sur donde te levantas con el cuerpo pegajoso y la boca seca. Envuelta en llamas.

Estaba desorientada y con la sensación de que en esa habitación, además de Jesús (mi pareja) que dormía plácidamente junto a mí, había más gente entre esas cuatro paredes.
Estando a oscuras, sentada en la cama, recordé que el día anterior había soñado con medusas. Me estaba bañando el mar cuando aparecieron rápidamente, envolviéndome todo el cuerpo y haciéndome reír. Eran de colores claros y muy grandes, y no picaban. Me traían mensajes. Eran suaves, inmensas. Aún recuerdo el registro de cuido y abrazo que me regalaron.
Un regalo que se completó del todo cuando al día siguiente contándoselo a mi matrona (Rocío), ella alucinada me dijo que esa misma noche (27 de Julio) su madre antes de irse a dormir le dijo que estaba habiendo una presencia bestial de medusas desde hacía días en las playas de nuestra ciudad, Málaga. Y que ella, inquieta, tras dormir un poco, también se despertó sobresaltada (más o menos a la misma hora que yo) y removida, se fue al balcón donde se encontró con el taró (una bruma densa que viene de la costa, típica de Málaga, y que al contrario que la niebla, se levanta de noche). Emocionada por el olor a mar y esa espesura misteriosa, sintió como si se encontrara e la procesión natural de la Diosa Noctiluca (diosa fenicia del mar, la luna y la fertilidad) en una noche húmeda y oscura, en la que apenas si se podía ver.
Me contó que era como si la diosa de la noche, las aguas y lo fértil fuese caminando hacia el interior, desde el mar, tierra adentro, invisible y poderosa, como si al fin hubiera llegado…

Cueva del Tesoro, Málaga
Altar a la Diosa Noctiluca Malak
La única cueva visitable submarina de Europa

Y es que, mi hija Noctiluca, estaba más cerca…

Y en esa luna oscura, mi amiga bonita y matrona y yo, estábamos conectadas sin saberlo en esos momentos por esa bruma, símbolo misterioso del velo innombrable que se abría entre los mundos para que la Diosa naciera de mi vientre y yo, renaciera como madre.

A las 7:45h le mandé un mensaje contando todo este sentir de noche oscura, y ahí fue cuando ella me contó lo de su madre y el taró. Finalicé la conversación preguntándole a la vida si sería hoy, luna nueva en leo (28 de Julio) el gran día.

Y la vida me respondió con fuerza.

Empecé la mañana con “contracciones curiosas”. Pero no quise darle mucho más importancia. Eso sí, decidí que iría acompañando al cuerpo conforme fuera sintiendo que éstas venían o iban a más. Así que fue una mañana de introspección, mucha energía “yin” (femenina) y espacio para mí. Mi hijo Ryo estaba tranquilo en sus quehaceres, mi pareja estaba ultimando algunas compras y yo dediqué la mañana a dibujar y meditar tranquila, con mantras y música de ballenas.

Seguía expulsando parte del tapón mucoso, pero me sentía tranquila, conectada. Tratando de no frenar demasiado al cuerpo con las ansías y el control de la mente. Por eso bajar revoluciones, convocar a la tortuga, encender velas, mirra e incienso, quemar laurel y salvia, comer rico… fue un refugio donde seguir acompañando en presencia y sin tiempos, a este cuerpo que era una todo un mapa donde reflejarme. Simplemente estar, entregándose a lo que viniera, porque como me repetía escribiendo en mi diario casi cada día, “algún día tendría que llegar, no?”.
Y es que ya estaba de 41 semanas +4 días.

En la tarde teníamos una reserva a las 18:30h, en una cafetería temática de “Harry Potter” llamada “Los 3 calderos”. Mi hijo y yo somos bastantes “frikis” del mundo de este mago, así que era un plan perfecto para desinhibirse  y disfrutar.
Dirás, “Rosa, casi de parto y pensando en irte a comer un gofre por ahí…”. Pues sí, ¡ésa soy yo! Los que me conocen lo saben…
Además ¿qué mejor manera de endulzarse la vida y celebrar tanto bonito?

Paseamos antes de llegar y yo ya me sentía “curiosa”. Mi respiración era algo más entrecortada, jadeante y calurosa… Y mi cuerpo era tan pesado como una montaña. Aun así, apenas si dije nada porque Ryo estaba súper ilusionado con esa merienda.


Cuando trajeron nuestros manjares, yo casi ni podía estar sentada. Jesús y yo nos mirábamos, cómplices, risueños y nerviosos, viendo que esto avanzaba. A veces tenía que levantarme e incluso moverme por toda la sala, disimulando mis movimientos de cadera y haciendo como que veía el “museo” de magia que también es el sitio.
Llegó un momento en que mi cabeza necesitaba salir de allí, así que, mientras Jesús pagaba, yo salí a la puerta dándome cuenta que apenas si podía moverme. A pesar de eso, yo estaba convencida que esto iba para largo… Y trataba de mantener la calma porque aún quedaba el camino hasta el coche y luego, hasta casa.
Decidí llamar a mi matrona, Rocío, para contarle. Estuvimos hablando un poquito, nos reímos, y ella me recordó que estuviera tranquila, que todo iba bien y que me entregara simplemente.
La tierra me llamaba. Mis caderas empezaban a abrirse y sentía un aullido que bramaba de lo más profundo de mi vagina. Quería tirarme al suelo, ponerme a cuatro patas, silenciarme…

Camino del coche empiezo a sentirme “drogada”. Las hormonas que genera mi cuerpo me llevan a través de pasajes de luz entre las calles que recorro, las personas… Todo está conectado. Hay como hilos visibles ante esos ojos y me conmuevo. Todo tiene un brillo en ese atardecer, una luz de justicia veraniega que me ciega y rompe las máscaras…

En el coche no puedo con mi vida. Me siento por momentos sentada en un cojín lleno de alfileres, en una jaula que me quema. Mis caderas se mueven en la poca movilidad que tengo de manera instintiva, sin control. Necesito alzar mi coxis y me paso casi todo el viaje, levantando el culo y mirando a mi compañero que intenta pisar más el acelerador. Suena música del parto en el coche. La luz del sol me da de frente, trato de respirar hondo, sentir el dolor como aliado, pero no lo consigo… Mi hijo, tras de mí, en su silla, alucina nervioso. Es un viaje entre montañas, desde la costa hasta el interior, en un trayecto de media hora de curvas que esta vez, se me hace eterno. Paso por una montaña a la que siempre, siempre, saludo con sus Apus y belleza de cobre, y esta vez, dándole el sol, me emociono y rompo a llorar con alegría. ¡Estoy de parto! Todo se endulza un poco, reímos y… el dolor vuelve, intenso y cortante.

Al fin llegamos a casa de un viaje que parece habernos traído a galaxia. Subo las primeras escaleras de casa, las del garaje, a oscuras, como un rito consciente sabiendo que ahora sí, mi cuerpo va a partirse y parirse. Que otra vez voy a hacerlo.  Que todo estará bien.
Es una certeza.

Nunca tuve miedo de parir en casa. Hacerlo de nuevo. Ser soberana de mi parto. Y ahora conforme subía arriba (3ª planta), a mi habitación, sabía que estaba en un viaje nuevo, un viaje iniciático. Un umbral que en soledad yo iba a atravesar sin pieles, y que mi hija estaría esperándome (atravesando también otro umbral y otro arduo viaje ella).
A cada peldaño más más peso, más dolor, más aullido dentro, como un rugido salvaje muy antiguo que me pedía tierra. Sentía mis manos arder, mi boca moverse sola, mis ojos percibiendo velos que seguían abriéndose… Iba quitándome la ropa nada más entra en la habitación, rumbo al baño. Nerviosa, con mucha intensidad en el dolor y las contracciones, pensaba ir al altar, encender una vela; quizás bajar al salón, coger la pelota de pilates, empezar a cantar, moverme un poco, tener más tiempo, quizás meterme en la piscina que estaba lista, en una esquina del salón.

Pero no. Empecé a marearme del dolor y lo poco que me abría a respirar, a sentir mis huesos, a concentrarme en la apertura de mi corazón.
Mi pareja sugirió una ducha y mientras el agua caliente empezaba a salir y yo iba, como ballena pesada hacia ella, sedienta de tregua y aire, me topé con una mujer en el espejo. Llevaba trenzas, la boca semi-abierta, los pechos como montañas de miel y unos ojos… Sus ojos eran dos hogueras que contenían la lava de un volcán que palpitaba al ritmo de tambores tocando un réquiem de muerte y vida.
Me miré en el espejo y al fondo de mis ojos, me vi. ¡Diosa, me vi! Como algunas otras veces en mi vida me había visto: reconociéndome más animal que humana.  Sabiéndome parte de este mundo y de otros.
Me vi al fondo de mis ojos, como cuando miré aquel espejo hacia más de siete año, y reconociéndome, supe que estaba embarazada de Ryo (mientras esperaba en los segundos en los que se coloreaba el test de embarazo).
Me vi en ese espejo a través del tiempo, en esos ojos animales de color miel,  como cuando me separé tras 8 años y entendí que ya no iba a llorar más, después de semanas de cama y muerte; que tenía que sacar los dientes y buscar caminos y soluciones, por mí, porque yo era lo más grande existiendo.
Me vi como en el parto de mi hijo, horas después, a solas a punto de meterme en la ducha caliente, reconociéndome loba, célula, selva, bebé, mujer poderosa y frágil. Habiéndome parido tras 13 horas de trabajo, en una piscina fría en pleno Febrero, en otra casa y otra yo atrás.
Y ahora a puto de parirme de nuevo.

El agua me recibió como si un rezo me envolviera los huesos.
Me quedé un tiempo ahí, tratando de cantar, más en mí, conectada y guiándome por el cuerpo.
Tantas veces el agua me había acompañado en esta aventura de ser la madre de Noctiluca… Desde el comienzo, la preconcepción, fue el elemento que estuvo guiando y mostrando señales de que Ella estaba cerca.

Desde la ducha pierdo bastante el valor del tiempo y las secuencias que viví se me mezclan. No sé hilarlo muy bien….
Recuerdo que pedí a Jesús llamar a Rocío para que viniera, que esto era muy intenso y rápido. Luego gemir en la bañera. Ya no estaba de pie, duchándome y recibiendo el agua en la espalda, ahora junto a mí estaba el hombre que amo, mirándome con su animalidad, cantándome y agarrándome sin soltarme. Mi amor, mi compañero de vida… Me miraba, hablaba en susurros, me agarraba. Y yo, como saliendo del trance, ahora serena y agotada, le dije: “amor, tengo miedo”.
Después no recuerdo más solo que estaba fuera, a los pies de nuestra cama, de rodillas, con la cabeza apoyada en la gran pelota azul de Pilates de mi hermana, que parecía el planeta Neptuno, frío y airoso, tan lejano a todo en la galaxia… La persiana estaba bajada, la puerta cerrada, así que aunque aún había sol afuera, allá dentro todo era cueva y penumbra. Volví sobre mí y me vi como una cuadrúpeda, y no sé si me reí entonces, pero un escalofrío y sonrisa me recorre recordándolo ahora, pues en algunos sueños (los pocos que tuve) en el embarazo, me supe así, en esa postura dispuesta a traer vida al mundo.

Pregunté por Ryo que encendía velas y esperaba, sentado en el sofá, dos pisos más abajo, viendo dibujos.
Mi compañero me daba masajes en la espalda todo el rato y yo me sentía morir. De veras, me estaba muriendo…
Cuando pensé me desmayaba, alguien o algo tocó mi cabeza y al mirar, vi la vela que Jesús había puesto en algún momento en el altar de la habitación. La llama me hablaba. Decía “no te rindas, ya viene, todas pujamos contigo”. Lo prometo.
A través del tiempo desde mucho antes de que Noctiluca llegara a mi vientre, en la preconcepción (cosa que trabajamos y preparamos durante un año entero, con mucho rezo y amor) el fuego me hablaba. Ya lo hace desde hace años, desde que soy guardiana de este elemento, custodia de su medicina, pero esta vez era distinto… Desde entonces era distinto, como un canal que emanaba señales muy fuertes de vez en cuando. Por eso a las mujeres que acompaño como Doula en este viaje de querer “prepararse” para ser mamá (poniendo todo en orden, volviendo a su centro, abriéndose a ser Matria, puedes ver de qué te hablo aquí) desde entonces les digo que tengan una vela para su bebé. Para llamarle. Para que venga. Para rezar por su alma y su camino a la tierra. Como un portal con una cuerda dorada, que lo trae a casa. Nuestras úteras.


Así fue… y así estaba siendo ahora, pariendo, en esa jodida muerte tan dolorosa, en el suelo-tierra, como una vaca que muge y escucha a su linaje susurrarle y acompañarle del otro lado, como tantas veces.
¿Cómo iba a ser de otra manera? ¡Una Diosa estaba naciendo!

Empecé a sentir que la habitación se volvía densa, distinta, y a más ganas de empujar, más me iba. Me volvía densidad. Algo grande que se ampliaba por la habitación con jadeos y gemidos. En una de esas, tuve ganas de ir al baño y no sé cómo me levanté. Di pasos hacia el inodoro y sentada en él, volvía a retomar la consciencia. Otra pequeña tregua donde volvía sobre mí. Ahí fui consciente de que mi niña estaba haciendo su viaje. Una travesía intensa, muy intensa, donde todo iba muy rápido. Así que le hablé. Le arrullé. Le canté y pedí que fuera valiente, que mamá la recibiría con amor. Que la amaba. Que la sentía y honraba.
Y así, en milésimas de segundo, sentí que su cabeza bajaba más y más y me levanté (no sé ni cómo lo hice), para volver a ponerme a cuatro patas, dando pasos hacia la puerta del baño donde rompí aguas. Abrí la fuente de la vida, con su sagrado líquido amniótico, en un umbral y esto, ahora que lo recuerdo, me conmueve.
 Ahí ya sentí su cabeza salir, y agachándome como pude, volví a la posición de la pelota-Neptuno, a los pies de mi cama y junto a Jesús, al que le grité “amor, cógela porque va a salir”. Segundos después su cuerpo calentito salió de mis entrañas. Su papá le hizo de puente mientras yo, rápidamente, me sentaba sobre mis rodillas y la alzaba hacia delante. En micro-segundos vi en la penumbra que tenía una vuelta de cordón en su cuello y se la quité abrazándome a ella. Nació tan tranquila, sin llanto, que me asusté y en esa densidad oscura, masajeé su espalda y fue dando toquecitos en ella para estimularla, pero viendo que no había mucha respuesta, instintivamente sin pensar lamí su nariz y su boca, soplé suave su cara, le dije que estaba aquí, aquí ya, en la tierra. Me sentía una vaca o una loba… Ella me miraba tranquila y supe que era inmensa.
Justo ahí alumbré nuestra placenta. Cayó pesada y rotunda en la alfombra que me había sostenido en tamaña muerte. La misma alfombra blanca y azul que vio alumbrar la placenta de su hermano años atrás (dos horas después de parir!). La alfombra que ahora está marcada por dos sangres que no se van y ya dejé de intentarlo. Son señales de muerte y vida. La única sangre de vida que ha de derramarse. Alquimia pura.

Jesús tomó la placenta y la colocó en la palangana que ya teníamos lista. Juntos, nombramos a nuestra hija, a Noctiluca, recibiendo su nombre. “La que brilla en la oscuridad”.

Mientras, Rocío venía de camino y también mi hermana por otro lado, para cuidar de Ryo. Éste subió a la llamada de Jesús, asustado y veloz, llegando a la habitación con algo más de luz y postrándose, ante su hermana, en el suelo, de forma que jamás olvidaré. ¡Estaba conmovido! Nervioso, dulce y vulnerable. Siento que es el mejor regalo que pude hacerle…No solo nacer él en casa, sino tener la fortuna salvaje de ver a su hermana nacer también en casa, rodeada de amor, sin tiempos ni violencias. Él me miraba asombrado, sin parar de moverse, queriendo tocarla pero no, necesitando su tiempo y proceso.
Entre mucha sangre que derramé, líquidos, lágrimas y risas, me abrazó y me sentí la mujer más afortunada, poderosa e invencible de la Tierra. A mi derecha, mi amor, bestia parda de hombre. En mi pecho mi niña, buscando la teta ya. Y a mí izquierda, suave y dulce, mi cachorro grande, dragón de agua, mi niño inti.

No me desgarré, a pesar de que pujé con fuerza sobrehumana sin control. Cuando Rocío vino, todo fue según sus pautas. Con sumo respeto y mimo, como guardiana preciosa que es, me fue guiando para ir incorporándome poco a poco. Con pasos lentos, posturas cómodas y sin separarme de mi niña, fui volviendo en mí, a esta tierra, a este presente. Aun sangraba y ella, profesional y amiga, con su dulzura, me propuso comer placenta.
Durante meses honramos la placenta desde un lugar muy íntimo en casa (hicimos la ceremonia de los 120 días del alma de Noctiluca en mi, y puedes ver imágenes de lo que hicimos con la placenta aqui) , con la clara decisión que queríamos un parto lotus, es decir, no separar ni cortar el cordón hasta que cayera por sí solo. Así, la guardiana placenta, órgano que vive para dar vida, filtro, oxigeno, nutrientes y amor a nuestrxs bebés; y Noctiluca, tendrían su momento de despedirse, con toda la calma, acompañando ese duelo y esa primera separación con respeto y cuido.  Por eso, durante las semanas antes del parto, tuve dudas sobre si probaría o no la placenta. Comerla, a pesar de que a muchxs espante, es algo mamífero y ayuda a dejar de sangrar, mejora el estado de la madre físico- espiritual y emocional, e incluso con los entuertos o molestias tras el parto. Entre otras cosas…

En ese momento dije sí sin dudarlo. Y sin más, así, a lo salvaje y por muy extraño que te parezca, cogí un pedazo con mis manos, algo muy pequeño, con mucho respeto y me lo tragué. Todos me miraron respetuosos y entregados a algo tan grande e importante para nosotros. Y no sangré más.
Nos metimos en la bañera Noctiluca y yo, con su placenta, guardianeadas por su papá, que se puso a los pies a cuidarnos. Así estuvimos mientras Rocío limpiaba todo, ordenaba la habitación, ponía empapadores en la cama, abría ventanas para ventilar y nos traía fresca agua para hidratarnos. Abajo Ryo era cuidado por mi hermana mayor Desi, que le hacia la cena y alucinaba.
Sentir los quehaceres de ellas, custodias… Sentir el agua caliente besando mi cuerpo. A mi hija respirar en mi pecho. A mi hombre, mirarnos emocionado. Y a la placenta, apagada ya pero con un halo muy especial, puesta sobre mi vulva en el agua tibia, como si fuera una medusa que iba moviéndose suave como en aquel sueño… Me hizo romper a llorar y reír al mismo tiempo.


Somos increíbles las mujeres. Universo cósmico lleno de magia y poder.

Noctiluca no lloró cuando nació. La placenta era hermosa, y la llenamos de flores como merecía. Mi hijo me dio las gracias, con una voz que se quedó para siempre en mis huesos. Y mi compañero de vida, no se separó ni un momento, completando el triángulo entre nosotras.

Noctiluca nació a las 21:40, dos horas después de la cafetería. En luna nueva en leo, el 28 de Julio de 2022.  En el calor de una tarde de verano, cuando el sol estaba a punto de irse, en la habitación donde en sagrada alquimia, había llegado a mi útera diez meses atrás. Nació libre de cargas, inocente y salvaje, en la penumbra de una cueva antigua, húmeda y mesteriosa como el mundo. Acompañada de la Diosa de las aguas, que alumbra en la oscuridad.

Noctiluca nació bendiciéndome como mujer nueva, su madre. Y trayendo el nacimiento también de un nuevo linaje, de un hermano y un padre.

Bendita seas, hija mia.
Bendita tu vida luminosa.

Con amor y gratitud por leerme y acogerme en ti, tan vulnerable y agradecida,
Rosa Bellido.



Nota aclaratoria:
Ninguna mujer es mejor o peor que otra. Ni menos poderosa o valiente. Ni más capaz. Tampoco es mejor o peor un relato de parto u otro, o cualquiera de sus vivencias. Todxs venimos con una experiencia de nacimiento, un propósito, un camino… Elegimos la forma de nacer, así como elegimos a nuestra familia y ma/padres.

Tengo el privilegio de haber podido permitirme económicamente parir en casa, con una mujer excepcional, profesional y amiga a la que admiro y amo. Colegiada como enfermera matrona y con todo eso en regla. La misma que me acompañó un septenio atrás, en otra yo, en el parto de mi hijo mayor también en casa.
Tengo el gran privilegio  de haberme permitido intentarlo, a pesar de que quizás no saliera bien o tuviera que asistir a un hospital. Todo estaba provisto por si acaso. Siempre.
Tuve y tengo el gran privilegio de confiar en mí, en mi poder mamífero, en mi capacidad para afrontar las cosas, sean cuales sean. Mi cuerpo es un templo, una selva viva, que reverencio y honro. Pero no es mejor que el tuyo. Todas podemos parir. Toda sabemos. Ojalá todas podemos permitirnos tener la gran valentía de confiar en nosotras, en nuestras sabidurías y en nuestrxs bebés.

Parir y nacer en un hospital o clínica para mi no es una opción. Las embarazadas no estamos enfermas, entonces… ¿por qué ir a un hospital? Otra cosa sería una casa de parto, donde exclusivamente se atendiera a las embarazadas y criaturas con todo el respeto, amor y lentitud que merecen, pero desgraciadamente apenas existen en España. Parir en casa fue un privilegio para mí, ojalá todas nos lo pudiéramos permitir, si así lo deseamos. Esa fue mi opción, bendigo y aplaudo que tú tengas la tuya. Con epidural, con música de mantras o como te salga del coño.
De ahí, hermana, nace la vida, así que benditos nuestros yonis y decisiones profundas.

Porque cambiemos la forma de nacer y traigamos al mundo de forma gozosa a nuestras criaturas. Porque nazcan con todos los honores, todo el amor y al ritmo que necesiten, en paz.
Para que así el mundo se libre de traumas de nacimientos, y vea soberana y libremente, a mujeres viviendo sus maternidades salvajes y gozosas.


Gracias.


La noche del 28 de Julio, apareció un nuevo circulo de las cosechas en UK (agroglifo.) Círculos de geometria sagrada que no se explica quiénes hacen, debido a su precisión, tamaño y forma, aunque hay muchas teorías. Algunos piensan que son seres de otras galaxias mandando señales… Desde siempre me fascinaron, al igual que el mundo ovni y las galaxias, astrologia, etc. ¡Hasta tengo tatuado uno de ellos!
A mi compañero y a mi nos hizo mucha gracia y más allá de lo «friki» que somos, también quiero compartirlo contigo. Puedes ver el video aqui. Te animo a investigar caminos con esto…

Publicado por LaTribuLunera

Proyecto de empoderamiento y sanación femenina

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